Como esta hermosa tela, Salomón, así la vida.
Mira su suavidad, como una mariposa
sale y se despereza de su seno
la luz.
Parece toda lisa, y sin embargo
es una red de hilos tan, tan prietos
que guardan el calor y al igual que un espejo
atesoran el brillo
Son todos los que están y están, exactamente
todos los que son
(al menos al principio, cuando la tela es nueva).
Tan tersa y tan perfecta, da lástima cortarla
pero no hay más remedio, ¿ves? no es fácil,
hay que tener buen pulso
hay que saber por dónde y hasta dónde
para hacer un vestido a la medida
de quien lo va a llevar
como si fuera el vello de su piel.
No hay dos cuerpos iguales. El del corte
es arte que se aprende. Pero a veces no hay tiempo,
o no se pone esmero, o no se tiene maña,
se corta sin prudencia y se yerra la hechura.
Por eso verás gentes con ropa contrahecha
infiel a su figura. Entonces,
el dolor de la vida. Y es verdad hijo mío,
que a menudo la gente se acostumbra
tanto a la talla errada que piensa que vestir,
como vivir, es algo torpe y feo
que aprieta en demasía o cuelga con tristeza.
Pero ya ves que no, he aquí el paño y su tinte,
alegre como un campo de locos girasoles.
Aguántame este pico. Mira como en la mano
que sabe lo que quiere, las tijeras encuentran
el tejido tan veloz y tan dócil
como si fuera él quien, por su propia cuenta,
allanara el camino.
Así el tiempo, mi niño, en la conciencia.
Así podría ser, si tú quisieras, tu vida.
Ana Sofía Pérez-bustamante
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